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El miedo al populismo en los orígenes de los Estados Unidos: una lección para el siglo XXI

populismo en los orígenes de los Estados Unidos

Desde sus orígenes en 1776, los Estados Unidos de América trastocaron completamente la forma de entender la política en el mundo occidental. En un contexto de imperios y monarquías absolutas, la nueva república americana quiso basar su identidad ideal en los derechos de la nación y la división de poderes. Ningún ciudadano estaría por encima de la ley emanada de la Constitución de 1787. En este sentido, no puede considerarse que los Padres Fundadores aspirasen a fundar una democracia —ni siquiera eran especialmente amigos de la palabra “democracia”—, sino un orden eficaz a la hora de evitar la concentración del poder en una sola autoridad que desequilibrase el sistema republicano. La gran aspiración de la República vendría a ser evitar la tiranía a toda costa.

La división de poderes fue considerada como una inviolable garantía del principio de libre autogobierno. Quizá el mayor teórico al respecto fue el presidente James Madison (1751-1836), quien sostuvo en una serie de ensayos que la mayor amenaza a la libertad era la acumulación de poderes. En opinión de Madison, la figura del tirano no se definía por el origen de su autoridad. Era indiferente si ésta era hereditaria, consecuencia de su conquista o libremente elegida por los ciudadanos. Si era absoluta y no distinguía entre la separación del legislativo, ejecutivo y judicial, era una amenaza. De hecho, en opinión de Madison —es innecesario recordar que era un gran lector de Montesquieu— también merecía la calificación de “tirano” aquel individuo que concentrando la mayoría de los poderes del Estado hiciese un buen uso de ellos, pues no dejaría nunca de ser un gobernante potencialmente caprichoso y arbitrario y, en consecuencia, peligroso.

Así, no debía de ser el ejecutivo presidencial la principal autoridad del Estado, sino el legislativo del Congreso. El primero podía llegar a tener una amenazadora tendencia personalista de la que el segundo se vería libre. Además, este orden de prioridades tenía sentido en un sistema que buscaba garantizar la igualdad de sus ciudadanos (hombres, blancos y anglos), evitando a toda costa el ascenso de una figura tiránica. Así, la Constitución de 1787 se había concebido para debilitar al fuerte y para fortalecer al débil. En última instancia, este es uno de los objetivos últimos de un verdadero estado de derecho, el derecho es el mayor enemigo de los tiranos que siempre están por encima de la ley.

Madison insistió mucho en la necesidad de establecer los límites del poder. El gobierno debía controlar a los gobernados, pero también debía estar obligado a controlarse a sí mismo.

Sin embargo, a lo largo de la historia de los Estados Unidos, la figura del presidente ha ido engrosando su poder. Podemos considerar una fecha clave el año 1828, cuando ganó las elecciones el demócrata Andrew Jackson (1767-1845), quien cambió completamente la forma de entender las elecciones presidenciales. Hasta Jackson el sistema electoral había sido indirecto y de un carácter democrático limitado, pero todo cambiaría entonces, y el presidente se podría presentar en adelante como el verdadero portavoz de la voluntad del pueblo, por delante incluso del Congreso.

En este avance de la autoridad del presidente seguiría habiendo momentos clave, como la Guerra de Secesión (1861-1865), momento en que Abraham Lincoln (1809-1865) dispuso de un poder inmenso que le permitió incluso abolir el Habeas Corpus, si bien siempre intentó que sus decisiones contasen con una aprobación retroactiva por parte del Congreso. Otra fecha simbólica es 1972, año en que los partidos políticos democratizaron la elección de sus candidatos presidenciales, reafirmando así su imagen de verdaderos representantes de la voluntad popular frente al resto de poderes de la República.

En un interesante artículo publicado en el número 10 de Historia Constitucional, George W. Carey hacía un análisis del preocupante avance de esta autoridad presidencial. Corría el año 2009 y ya señalaba la amenaza que para los Estados Unidos suponía la figura del presidente tal y como se entiende actualmente; como el primer legislador del país y la personificación misma de su voluntad. A modo de ejemplo, señalaba que, desde la Segunda Guerra Mundial, los conflictos en los que se embarcaba una república cada vez calificada con más frecuencia de “imperio”, eran por decisión del presidente y no del Congreso. A la vez, señalaba que si hasta la Guerra de Secesión los presidentes apenas habían vetado disposiciones del Congreso (John Adams o Thomas Jefferson nunca recurrieron al veto); la mayoría de los presidentes posteriores a Lincoln sí han aplicado esta medida.

En los tiempos que corren alcanzado el año 2021, uno no puede dejar de reconocer que en este aspecto los Padres Fundadores de los Estados Unidos demostraron una lucidez encomiable. El Capitolio fue tomado al asalto a comienzos de este enero por una multitud favorable a un presidente que despreció, cual tirano moderno, la autoridad del resto de poderes del Estado. Madison tenía toda la razón cuando señalaba que lo que definía a estas figuras no era el origen de su poder, sino la enorme concentración que hacían del mismo. En España también debemos reflexionar mucho sobre ello y recelar de los gobernantes que recelen de la ley.

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